
La hora de Obama
Los Estados Unidos de América van a tener la oportunidad de ajustar parte de sus cuentas racistas -que se remontan a la época del asesinato de Martin Luther King- en las próximas elecciones presidenciales de noviembre si como parece ya cantado el mestizo Barack Obama -hijo de kenyano y norteamericana-hawaiana- se alza con la candidatura del Partido Demócrata.
Es importante el hecho de que el aparato demócrata-que ya inventó hace 45 años el “efecto John Fitzgerald Kennedy” para derrotar al poderoso Richard Nixon en 1959- haya apostado tan claramente por romper las barreras psicológicas que hacian imposible que un negro o una mujer -Hillary Clinton ha tenido también la victoria en la mano- aspirase a la Presidencia del Imperio.
En principio, y roto el tabú, parece que Obama puede ganar con una cierta facilidad - aunque no tenga todas las de ganar- al candidato republicano, John Mc Cain, que sólo puede presumir de edad, 72 años, y de hacer las cosas por libre en su partido. Ronald Reagan tenía 70 años cuando sus primeras elecciones en 1981 y 74 cuando fue reelegido en 1985. Nada es imposible, pero lo normal es que el presidente de los Estados Unidos esté entre los 47 años que tenía Bill Clinton cuando llegó a la Casablanca en 1993 y los 65 de George Bush padre en 1989. Bush hijo accedió a la presidencia a los 55 años y Jimmy Carter alos 53.
En España que presumimos de tener una sociedad abierta y tolerante todavía no hay ninguna posibilidad de que ni el PP ni el PSOE elijan a una mujer como candidata -de hecho en los últimos cuatro años el poder de los hombres en el interior de los partidos ha aumentado salvo “flores” puntuales y seguramente pasajeros como Esperanza Aguirre en el PP o Teresa Fernández de la Vega en el PSOE- y no tenemos ningún ejemplo que pudiera asemejarse a la elección de un mestizo. Los casos de alcaldes africanos, asiáticos o gitanos en España brillan por su ausencia.
Eso no quiere decir, ni mucho menos, que si gana Barry .como llaman sus amigos a Obama- o hubiera ganado Hillary Clinton la política norteamericana fuera a sufrir un vuelco. Los cambios serán más de formas y de cara a la galería que de estrategía política o de revolución mundial. Tener durante cuatro años a George W. Bush en la Casa Blanca había deteriorado muy mucho la percepción que tienen los habitantes del planeta sobre los norteamericanos y había que cambiar de imagen. Por lo demás, las tropas USA seguirán en Irak hasta que puedan irse sin que peligre el petróleo, Israel seguirá contando con todo el apoyo económico y militar de Washington y en Afganistán nadie arreglará nada. Hasta que todo estalle, si es que lo hace y que nosotros no lo veamos.
Otra cosa es lo que venden los agitadores de campañas políticas, en las que parecen que los contricantes se odian y no podrían ni a desayunar juntos.
Salvo cuestiones puntuales las diferencias entre Obama y Clinton son mínimas y si, como parece, acudirán juntos a los próximos comicios -después de haber arreglado amistosamente quién pagara los platos rotos de los 14 millones de dólares de deuda de la candidata a la vicepresidencia- se habrá demostrado una vez más que no podía haber entre ellos tantas discrepancias.
José María Aznar se creyó de veras que George Bush iba a dar cancha a España en la esfera política internacional y se jugó el todo por el todo en defensa de la Guerra de Irak, sin contar con que ningún presidente norteamericano va a resolver los problemas de los españoles. Lo mismo le puede ocurrir a José Luis Rodríguez Zapatero si, por un casual, apostara por una alianza estratégica con Obama, más allá de llevarse lo mejor posible sin caer en sus redes.
Lo que quieren los norteamericanos de España ya lo consiguieron en tiempos de Franco, con el Tratado España-USA, que en lo primordial sigue vigente, al igual que el Concordato con el Vaticano, por mucho que protesten los obispos y que hace que el Estado español siga siendo confesional católico y romano.
Obama, lo mismo que Reagan, Clinton o Bush, tiene interés, en primer lugar, en mantener las bases norteamericanas en España que le permiten controlar el Mediterráneo, en cuyas orillas se concentra gran parte del peligro islámico radical inmediato, y el Oeste Asiático. Desde Irán hasta Afganistán. España no tiene petróleo ni otras materias primas interesantes para Estados Unidos, ni tampoco ocupa un lugar estratégico en la economía europea, como lo pueden ser Gran Bretaña, Francia o Alemania.
El candidato preferido por los socialistas españoles para la Casa Blanca era el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, 61 años, hijo de madre mexicana, que fue secretario de Energía y embajador en la ONU con Bill Clinton y que había prometido sacar las tropas de Irak -nunca dio ninguna fecha para hacerlo- así como solucionar el problema de los millones de latinoamericanos que viven “ilegalmente” en el país.
Richardson aspira ahora a ser el “puente” entre la Comunidad de países hispanos -desde Venezuela a Aregentina y desde Perú a España- y Barak Obama. Eso daría alguna oportunidad a las relaciones España-USA y por eso Richardson llega en estos días a Madrid donde, además de entrevistarse con el Rey Juan Carlos y con el presidente Zapatero, mantendrá reuniones con un grupo de altos empresarios españoles.
Es la “hora de Obama”, en un momento crítico para la economía estadounidense y para sus difíciles relaciones con el mundo entero. La gente espera mucho del cambio en la Presidencia de los Estados Unidos y el Gobierno de Zapatero mucho más.