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Lo que no es tradición

Es posible que sea un mal pensado, pero me da la sensación de que el alcalde de Madrid acude el día de San Isidro a la pradera como quien va a cumplir un penoso deber. Al señor Ruiz Gallardón lo castizo no le entusiasma. Debe considerarlo como algo cutre, falto de modernidad, un lastre para ese Madrid Olímpico por el que todos suspiramos, aunque lo tengamos difícil.

Quizá no le falte razón a nuestro alcalde. Los castizos son una especie de raza a extinguir, como los mohicanos en Estado Unidos. La gorrilla a cuadros, el chaleco ajustado, la chaquetilla ceñida, el pañuelo blanco al cuello, están tan “demodées” como el mantón de Manila, la falda de céfiro o el pañuelo de crespón.

Pese a todo, San Isidro sigue haciendo milagros. Mi cansado corazón casi se paró definitivamente al contemplar como una china jovencísima, casi una niña, una auténtica belleza, se situaba en la cola para entrar en la ermita del Santo. Ahí puede estar la solución. Como hay tantos chinos en Madrid, muchos más de lo que parece, si se les convence de que, además de celebrar la fiesta del Dragón en Lavapiés, aprendan a bailar el chotis encima de un ladrillo, ellos tan acostumbrados a vivir apretujados, la fiesta de San Isidro tendrá asegurada su supervivencia, una extraña supervivencia, por cierto. Porque las majas y los chulos actuales, los que se resisten a no perder la tradición son, en su gran mayoría, venerables ancianos, eso sí, fieles a sus costumbres hasta la muerte.

Tienen razón las chulapas al quejarse de que, más que pradera, el espectáculo de San Isidro parecía un mercadillo de pueblo. Y, como decía una veterana en estas lides, bien está que Madrid abra sus brazos, como ha hecho siempre, a los de fuera. Pero de ahí a perder nuestra identidad va un abismo. Que va a engullir a los castizos, si Dios no lo remedia.

Resignación, hermanos. Que los organillos, que hicieron sonar sus alarmas ante la llegada de Chikilicuatre a la pradera, preparen sus toques de difuntos a ritmo de chotis. Puede que lo que no es tradición sea plagio. Pero en este caso, lo que no es tradición es una pena.
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