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Solbes y el silencio de los corderos

La sociedad española está mostrando un aguante casi infinito ante la crisis económica que se avecina. Un aguante y una paciencia también imponderables frente a un Gobierno, el de Zapatero, que quiere cargar sobre las espaldas de los ciudadanos todos los gastos. El coste de la luz, eliminando la tarifa nocturna después de haber hecho durante años propaganda de ella, elevando los precios de la vivienda protegida a extremos difíciles de alcanzar por parte de los consumidores más modestos, o permitiendo que el gasoil supere a la gasolina.

A Zapatero sólo le queda gritar aquello de “se acabó la diversión” para teatralizar lo que está pasando con la subida de las hipotecas -cerca de 200 euros mensuales en dos años- y los incrementos de los precios de la alimentación: la compra que hace cinco años se hacía con 30 euros, ahora no baja de los 60 o más. La justificación de Solbes -que más parece un tertuliano comentando la situación económica que un ministro- de que la crisis es internacional y que hay que aguantarse con lo que toca, suena a chiste, pero aquí nadie protesta ya por nada. Cada consumidor se refugia en su casa, en su familia, intentando que la tormenta amaine y que, en todo caso, le afecte lo menos posible.

Los ciudadanos están demostrando, sin lugar a dudas, una capacidad mucho mayor que la del Gobierno y los políticos para superar la crisis. Siguen consumiendo en los bares y restaurantes, a pesar de los precios desorbitados, mantiene sus planes de vacaciones y, lo que era más impensable, sigue inundando las carreteras, los trenes y los aviones, durante los puentes de fin de semana, gastándose hasta el último céntimo de lo que gana con su trabajo. Si los consumidores -que son los que mantienen el país- se hubieran retraído asustados por la crisis, la situación sería en estos momentos mucho más grave. Y, de hecho, si no hubiera sido por el recorte brutal de los créditos que conceden las entidades financieras, ni siquiera hubiera descendido de una manera tan excesiva la venta de pisos. Los ciudadanos siguen necesitando viviendas y están dispuestas a comprarlas, pero nadie tiene los entre 180.000 y 240.000 euros que cuestan entre pitos y flautas. Si no hay hipotecas que cubran esas cantidades, los compradores acaban renunciando muy a su pesar.

Los españoles hemos demostrado históricamente que preferimos no comer a dejar de pagar la letra del piso en el que vivimos por lo que los ratios de morosidad por este motivo siempre han sido bajos, mucho más que en los demás países y mucho más entre las clases más modestas que no adquieren una vivienda para especular sino por pura necesidad. Hacer que la crisis de las subprime de Estados Unidos recaiga sobre los españoles no es justo.

El Gobierno, antes el de PP y ahora el del PSOE, ha seguido siempre -primero con Rodrigo Rato y ahora con Pedro Solbes- el camino fácil de cobrar más impuestos a los que más gastan, es decir lo mismo que hacia Franco y los Reyes de la Edad Media: poner impuestos a las mercancías y no a los beneficios mercantiles. Así el Estado ha venido recaudando -y encareciendo artificialmente- los productos más demandados por la sociedad: los combustibles, las viviendas, los coches, el ocio y el juego. En la gasolina se paga en impuestos un 70% de su precio final y el IBI de las casas se ha triplicado en los últimos años.

Ha sido el Estado el que se ha cargado la capacidad ahorrativa de los consumidores españoles que además pagan -los asalariados y autónomos- por lo general más de un 30% de impuestos directos. Así no hay quien consiga ahorrar ni un euro. El nivel de vida conseguido en los últimos años por los españoles está vinculado no a un ahorro imposible, sino a su capacidad de conseguir créditos, dinero a cuenta, a devolver en plazos pagando unos intereses que nunca han sido tan bajos como se nos ha querido vender.

Sin esos créditos lo normal es que la economía española se resienta y mucho más si el Gobierno no hace nada por evitarlo. En España, desde la entrada del euro, el coste de la vida se ha triplicado, alcanzando los niveles que existen en Francia o Alemania, pero en cambio los salarios se han quedado congelados disminuyendo de hecho la capacidad adquisitiva de la gente. Sin ese “poder salarial” la única opción que queda es la de comprar a crédito y con un crédito pagar otro y así indefinidamente, hasta que, como puede ocurrir ahora, alguien rompa la baraja.

Los teóricos insisten en que a mayor crédito mayor inflación -lo cual es también verdad- ya que en muchos casos los fabricantes y vendedores de los bienes de consumo aprovechan las facilidades de crédito para subir artificialmente los precios, como ha ocurrido en muchos casos en la vivienda, pero también en la hostelería donde un café o una caña de cerveza que antes de la llegada del euro costaba 100 pesetas (0,60 euros) ahora no baja de los 2,5 euros por regla general.

Y en eso también los sucesivos Gobiernos han tenido su parte de culpa. Es verdad que es imposible en una economía libre obligar a bajar los precios por decreto o impedir a los consumidores que “regalen” su dinero, pero lo mismo que se han hecho costosísimas campañas para prohibir fumar, habría que haber alertado a los ciudadanos de la necesidad de no consumir en aquellos lugares donde suben los precios.

Luchar contra la inflación no es sólo anotar mes tras mes las subidas de los precios y esperar, como ocurre con la falta de agua, a ver si llueve o si alguien voluntariamente decide vender sus productos más baratos. Eso por no hablar de la falta de interés del Gobierno en luchar contra los cárteles de intermediarios de artículos de consumo que se ponen de acuerdo para subir los precios de tal manera que nadie pueda vender más barato.

Pedro Solbes y su jefe Zapatero tienen suerte de que los consumidores cual corderos en el matadero ni siquiera protesten, por ahora...
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