
Un lastre para la carrera de Tony
Es muy lista. Comparada con las esposas de otros líderes mundiales, es casi un genio. Lo que no puede decirse de Cherie Blair es que ayude mucho a su marido. La mujer del César no tiene que ser sólo honrada, "sino también parecerlo" y Cherie incumple de plano el viejo aforismo. Por lo menos en su segunda parte.
Su última "gracia" ha sido ampararse en la Convención Europea de Derechos Humanos ante las acusaciones de que aprovecha su condición de esposa del primer ministro para conseguir vestidos de grandes diseñadores a precio de saldo.
Cuando el secretario del Gabinete, el fiel Andrew Turnbull, le explicó contrito que andar luciendo por la cara modelitos de alta costura no es de recibo, Cherie echó mano de su condición de jurista especializada en derechos humanos y replicó que el artículo primero de la Convención Europea la protege frente a las injerencias del Estado.
El artículo en cuestión impide al Estado confiscar propiedades de particulares o nacionalizar ilegalmente empresas, algo que no afecta a los vestidos, pero ella ni ha pestañeado.
Es parte del carácter de Cherie. Hija de un actor, que abandonó a su madre cuando ella acababa de cumplir ocho años, fue educada por su abuela en estrictos colegios católicos. Estudió Derecho en la London School of Economics, donde se graduó con matrícula de honor y conoció a Tony. Se casó en 1980, tuvo cuatro hijos -Euan, Nicky, Kathryn y Leo- se metió en política y tras un revés electoral, se dedicó a la abogacía. Con rutilante éxito.
Eso hace más inexplicables sus metidas de pata. Entre las más notables se cuentan el aceptar 37.000 euros por un libro sobre las mujeres de los primeros ministros británicos, embolsarse 45.000 euros por una charla en EE.UU., dada aprovechando que su marido estaba allí en visita oficial, asistir a una audiencia privada con el Papa vestida de blanco –privilegio que se suele reservar a las reinas-, arramblar con 68 objetos cuando le dijeron en un centro comercial de Melbourne que cogiera lo que quisiera y aceptar que el Partido Laborista pagase su carísimo peluquero.
La lista de embrollos en los que se ha metido, y que han dañado la reputación del bueno de Tony, es larga. En 2002, cuando los tabloides revelaron el "Cheriegate" - la compra de dos pisos con la ayuda de un delincuente llamado Peter Foster-, negó conocer al australiano. Este presentó pruebas de que se había ofrecido hasta a ser madrina de su hijo y al final, con lágrimas en los ojos tuvo que entonar un "mea culpa". Parecido al que realizó tras decir que "comprendía" a los terroristas suicidas palestinos o que la mujer de Bush le parecía una "pesada".