Redaccion | Lunes 20 de octubre de 2014
Si alguien albergaba alguna duda, ya lo tiene resuelto: para abordar medidas globales contra la crisis mundial hay que esperar a que Barak Hussein Obama se acomode en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Mientras tanto muchas palabras, más declaraciones. Mientras tanto muchas palabras, más declaraciones y ninguna medida en concreto. Ese es el resultado de la cumbre de Washington: para salvar al capitalismo, más capitalismo; contra la crisis del mercado, más mercado; contra el desastre provocado por la avaricia de los bancos de inversión y la desregulación, más dinero para equilibrar las maltrechas arcas que han dejado los directivos. Ya no se habla de refundación, ni siquiera del papel de los estados: los 26 asistentes a la reunión del saliente Bush se han comprometido a mantener otra reunión cuando Obama sea presidente y tenga ya una lista de las medidas que Estados Unidos va a imponer de la mano de sus nuevos dirigentes, muchos de los cuales van a ser los mismos que tuvo Bill Clinton en nómina y que iniciaron la alocada carrera de distribuir por el mundo los “derivados tóxicos” que nacían como hongos en Wall Street.
Debajo de las palabras escritas y pronunciadas por los jefes de estado y de gobierno en la capital USA aparece una única verdad: sin sistema financiero, sin bancos, no hay salida posible. No existe modelo alternativo, ni siquiera con la nacionalización parcial del sistema actual a través de la entrada en las entidades de capital público. Vamos hacia una mala copia del modelo chino: un país, dos sistemas, pero al revés. No tocamos el capitalismo, pero convertimos a los países en inversores ocasionales, por lo menos hasta que haya pasado la riada y todo pueda volver a empezar.
Aquí, en España, al margen de la vacuidad de las frases del poder y de la oposición, de las detenciones de etarras, de las propias crisis de los partidos, y de los inacabables y aburridos debates autonómicos, todo sigue como hace unos meses. La inversión pública en obras no acaba de salir al mercado; las medidas sobre vivienda no aparecen y tan sólo dejan ver una silueta a medio y largo plazo, se habla mucho del sistema financiero y muy poco de los ciudadanos y de las pequeñas y medianas empresas. Se ponen cifras y cifras repetidas hasta la saciedad, pero el dinero, el crédito, la capacidad económica de las familias desciende al mismo ritmo que aumenta el paro.
Es verdad que nuestra recesión es la misma que azota a Alemania, a Italia, a Estados Unidos o a Japón, y hasta puede que sea peor que la de los demás, pero las recetas terminarán siendo las mismas: movimientos fiscales, recortes de impuestos a las personas y a las empresas, programas de estímulos a la inversión a través de las desgravaciones, e incluso una “amnistía fiscal” a cambio de que afloren los cientos de miles de millones de dinero negro. Para eso hace falta voluntad política, criterios de empresa y dejar a un lado a los funcionarios, incluyendo a los tan alabados del Banco de España que, digan lo que digan, ni se enteraron del volumen de “toxicidad” que se extendía por el mundo. Se necesitan medidas heterodoxas pues la situación es nueva y cambiante a gran velocidad, las experiencias anteriores no valen o sirven muy poco. Esta es la primera recesión mundial a la que se enfrenta una sociedad abierta e instantánea, que se comunica en cuestión de segundos, que opera desde Tokio o Moscú a Nueva York o Madrid, que está aprendiendo que las viejas separaciones entre ricos y pobres se mantienen y que los primeros quieren retrasar lo más posible la llegada de los segundos al gran pastel del desarrollo y la sociedad de consumo. Si tuviéramos que comparar el contagio financiero con un virus sería como el del sida, que comenzó a hacerse realidad y endémico a partir de su constatación en Estados Unidos pero que luego ha multiplicado sus efectos devastadores en el Tercer Mundo, sin que además los países del mismo puedan articular semejantes programas de defensa.
Aquí, en esta España nuestra el gobierno se muestra reticente a medidas más audaces que a la consabida receta contra la inflación (mientras se pregunta si estamos o no en recesión, en deflación o en depresión), y la oposición repite de forma monocorde una letanía que convence aún menos. Son dos caras de la misma moneda, en la que la ventaja a medio plazo es de quien lleva las riendas del gobierno. Llegará la hora de las medidas fiscales, y llegará tarde; llegará la hora de reinventar la banca pública, y llegará tarde; llegará la hora de volver a estimular al sector inmobiliario tras cinco años de ataques y llegará tarde y mal, pues pese a quien le pese cambiar de modelo productivo, de motor económico requiere una plazo de veinte años y una situación de bonanza para poder invertir, justo lo contrario de lo que se ha hecho y de lo que vivimos. No les gustará a los ortodoxos augures que nada han augurado pero “don ladrillo” sigue siendo la única baza que le queda a este país salvo que quiera llegar al quince por ciento de paro, al hundimiento del tejido productivo y a una situación social extremadamente delicada y peligrosa. El resto será seguir con buena palabras, con grandes frases, con ofrecimientos de sumas monstruosas de dinero para sanear los bancos, y a esperar que el imperio de las barras y las estrellas se despierte con su nuevo capitán multirracial al frente. Podemos, debemos y no nos queda más remedio que esperar a Obama, pero podemos intentar que nos encuentre en el camino hacia la meta sin esperar al disparo de salida. No es lo más probable, pero sería lo mejor, incluso si el presidente se planteara cambiar el apenas nacido gobierno para transmitir latidos al corazón de la sociedad.