Redaccion | Lunes 20 de octubre de 2014
Si no quieres una taza, toma taza y media, decían las abuelas cuando sus hijos no querían comer porque algo no les gustaba. Eso mismo debe haber pensado el presidente después de ganar unas elecciones donde al principio los 169 diputados que sacó supieron a poco, pero que con el paso de los días parecen haberse convertido en mayoría absoluta dada la alegría con la que se ha tomado primero el nombramiento de José Bono como presidente del Congreso, a pesar de la oposición de los nacionalistas; después, su propia sesión de investidura, donde ha sido el primer presidente del Gobierno de la transición que ha sido elegido sin contar al menos con la mitad del Hemiciclo (175); y finalmente la "bomba" de un Gobierno en la que se "premia" a ministros que directamente lo han hecho mal, como Magdalena Alvarez o Mariano Fernández Bermejo, que han estado regular, como Miguel Angel Moratinos o Elena Espinosa, o que carecen de la más mínima popularidad, como Elena Salgado, que estuvo a punto de montarla en la anterior legislatura con la Ley antitabaco y con la nonnata Ley anti Vino.
Con todo, donde José Luis Rodríguez Zapatero se ha superado a sí mismo con creces ha sido en meter, con calzador, a su amigo Miguel Sebastián en un Gobierno donde van a primar las medidas económicas para luchar contra la crisis y en la que parecía -a tenor de las flores que Zapatero lanzó a a su vicepresidente segundo durante la campaña en la que le escogió como número dos de su lista por Madrid- que Pedro Solbes iba a ser la estrella. Pues no, ni la estrella, ni nada. Le ha vuelto a engañar prometiéndole más poder, por un lado, y ofreciendo a su "enemigo" Sebastián, por otro, la dirección de todas las próximas operaciones empresariales que están pendientes en este país -empezando por la operación permanente en Iberdrola- y siguiendo, vaya usted a saber, si por el BBVA, que ya intentó "conquistar" desde la Oficina Económica de Presidencia del Gobierno.
Se lleva Miguel Sebastián además, por si Industria, Comercio y Turismo fueran pocas. las carteras de Ciencia e Innovación, donde ha colocado a una de las suyas, Carmen Garmendia, y la de Vivienda, con Beatriz Corredor, la registradora de la propiedad que fichó para su breve carrera electoral a la alcaldía de Madrid.
Lo primero que ha tenido que aclarar Pedro Solbes nada más tomar posesión ha sido que "el que manda soy yo", porque la sensación que tuvieron todos los periodistas al conocer el nuevo Gobierno no era esa precisamente. Tampoco la aclaración de Solbes ha convencido a nadie y lo más probable es que la "guerra" Solbes-Sebastián llene las portadas de los periódicos en los primeros años de la Legislatura. A pesar de la habitual discreción del vicepresidente segundo, un hombre tranquilo donde los haya, no le faltarán ocasiones en las que tenga que volver a poner los puntos sobre las "ies", aunque no es probable que los personajes lleguen a emular en sus rifirrafes a los que nos tienen ya acostumbrados Gallardón y Esperanza Aguirre.
Descartado que Zapatero no supiera el alcance de su decisión de colocar en Industriaa a Miguel Sebastián, queda la duda del por qué hacerle eso a Pedro Solbes y también el por qué el vicepresidente segundo lo ha aceptado sin rechistar, si como había repetido varias veces en la pasada legislatura él no tenía ninguna gana de seguir en política y que fue el presidente el que le tuvo que forzar a seguir.
Aquí no dimite ni se baja del coche oficial nadie, a no ser que le obliguen, como le ha ocurrido en cambio a Cristina Narbona, una "nasty ministry", la cara agria del Gobierno anterior, como ella misma se ha definido. La ministra de Medio Ambiente ha acabado pagando el pato de las demagogias estilo Al Gore de José Luis Rodríguez Zapatero que quería aparecer como un superhéroe contra la corrupción urbaníssticaa y contra la degradación del medio ambiente, y obligó a Narbona a luchar contra los molinos, provocando ampollas a muchos grandes empresarios y pisando muchos callos incluso a alcaldess socialistas que habían hecho de la especulación urbanística una suerte de lotería para todo el pueblo. Ahora Medio Ambiente lo llevará Elena Espinosa, una gallega a la que no la molesta tener que rectificar cuando choca con los imponderables y los poderosos y que no se sonroja cuando tiene que decir "diego" donde dije "digo".
Una de las cuestiones que más problemas habían causado en este Ministerio eran las campañas de ahorro de agua de Narbona y sus choques con los grandes agricultores a los que la ex ministra quería obligar a implantar costosas instalaciones de riego por goteo, cuando ellos están acostumbrados a coger el agua de los ríos y de los pozos casi gratis. Una de las cuestiones que poca gente sabe es que los vecinos de las grandes ciudades ahorran más agua y gastan menos líquido elemento por persona que los agricultores. Y, en cambio, casi todas laas campañas publicitarias para poner límites al consumo del cada vez más preciado líquido van destinadas a los españoles urbanitas, mientras en algunos pueblos se sigue regando las tierras por el sistema de "manta", anegando literalmente los campos.
El recibimiento que los medios de Comunicación han hecho a laa nueva ministra de Defensa, Carmen Chacón, es, como no podía ser de otra manera, más propia de las revistas del corazón que de un personaje político serio, pero no es descartable que fuera lo que ZP pretendía.
Y para que hablar de la salida de Jesús Caldera del Gobierno con nocturnidad y alevosía cuando ha sido el ministro más obediente del anterior Gabinete y el que le sirvió en bandeja las leyes más importantes, como la de las bodas gays, la de la violencia de género o la de Dependencia. Sin Caldera el Gobierno anterior hubiera quedado reducido al fracaso de las negociaciones con ETA y al Estatut de Cataluña, los únios temas en los que no intervino Caldera, que se va para preparar a su jefe unas FAES socialistas para cuando el señorito quieran retirarse estilo Aznar.